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RENTAS: La Inflación Artificial de Puerto Vallarta
-El aumento de las rentas dejó de ser solo un asunto inmobiliario y comienza a impactar en el empleo, el consumo y la permanencia de la fuerza laboral en la ciudad de Puerto Vallarta
Hay fenómenos que comienzan como números en una hoja de cálculo y terminan convirtiéndose en conflictos sociales. El aumento desmedido de las rentas (comerciales y habitacionales) es uno de ellos. No es exclusivo de una ciudad, ni de un país, ni de un sector: es un problema global que hoy atraviesa a emprendedores, comerciantes y de manera cada vez más cruda, a nuestra fuerza laboral.
En distintos foros empresariales, en reuniones privadas, en mesas de café, donde se habla sin micrófonos, el diagnóstico se repite: cada vez es más difícil pagar mejores sueldos cuando el consumo interno se está debilitando. Y esto, no por falta de voluntad, sino porque la economía cotidiana se ha ido estrechando. Los negocios venden menos, los costos fijos aumentan y el margen de maniobra se reduce. El dinero circula más lento y se concentra en menos manos.
En ese mismo diálogo (honesto, incómodo, necesario) aparece una preocupación que ya no puede ignorarse: nuestros trabajadores están siendo expulsados del mercado de la vivienda. Para miles de familias, pagar una renta dejó de ser un gasto razonable y se convirtió en un lujo. Incluso en colonias populares, los incrementos han sido tan desproporcionados que el salario por más, responsable que sea el empleador, ya no alcanza para vivir cerca del trabajo.
Puerto Vallarta es hoy un reflejo claro de esta distorsión. Mientras el sector productivo local intenta sostener empleos, profesionalizar servicios y mejorar condiciones laborales, el mercado inmobiliario avanza bajo una lógica ajena a la realidad salarial del puerto. Rentas pensadas para turistas de corta estancia, nómadas digitales o ingresos en moneda extranjera terminan impactando directamente en la estabilidad de quienes sostienen la ciudad todos los días.
Así, el problema de las rentas deja de ser inmobiliario y se convierte en económico, laboral y social. No afecta solo a quien cierra un negocio o abandona un local, sino también a quien ya no puede vivir donde trabaja. Y cuando el trabajador se va, el consumo baja; cuando el consumo baja, el negocio se debilita; y cuando el negocio se debilita, el empleo se vuelve frágil. Ese es el círculo que hoy debemos atrevernos a nombrar.
La inflación que no aparece en los indicadores
En este contexto surge un concepto que merece ser analizado con seriedad: la inflación artificial. Aquella que no responde al incremento real de costos, ni a la inflación oficial, ni a una mejora proporcional del valor del entorno, sino a una percepción subjetiva de oportunidad.
Es la lógica del “si alguien puede pagar más, entonces vale más”, aunque ese alguien no represente la economía real del lugar. Las rentas se ajustan no al ingreso promedio, sino al ingreso máximo posible. No al mercado local, sino al mercado aspiracional. No a la sostenibilidad del entorno, sino a la expectativa de una transacción futura.
En el ámbito comercial, esto se traduce en locales vacíos durante meses o años, con precios que resultan impagables para los negocios tradicionales, para los emprendedores locales y para quienes construyeron la identidad económica de la ciudad. Se prefiere un local cerrado a una renta razonable. Se apuesta al inquilino ideal, aunque la calle se vacíe.
En el ámbito habitacional, el impacto es todavía más profundo. La vivienda deja de cumplir su función social y se convierte en un activo especulativo. El resultado es el desplazamiento silencioso de familias, trabajadores y jóvenes profesionistas hacia las periferias, aumentando tiempos de traslado, costos de vida y desgaste social.
Responsabilidad compartida, no culpables únicos
Este no es un señalamiento simplista ni una cacería de culpables. El fenómeno es complejo y requiere madurez para abordarlo. Los propietarios tienen derecho a proteger su patrimonio. Los empresarios tienen la responsabilidad de sostener empleos. Los trabajadores aspiran legítimamente a una vida digna. El problema surge cuando cada actor opera de forma aislada, sin considerar el impacto sistémico de sus decisiones.
Como sector empresarial, también debemos asumir nuestra parte. Durante años, normalizamos una economía altamente dependiente del turismo, con baja diversificación y con una desconexión entre el valor que generamos y la calidad de vida que ofrecemos a nuestra fuerza laboral. Hoy esa factura se está cobrando.
Sin embargo, no podemos ni debemos cargar solos con un fenómeno que requiere reglas claras, visión pública y normatividad actualizada.
El papel del gobierno: ausencia que pesa
La falta de intervención gubernamental en este tema no es neutral; es una postura que favorece la especulación. Cuando no existen lineamientos, topes razonables, incentivos o mecanismos de regulación diferenciada, el mercado se impone bajo la lógica del más fuerte, no del más sostenible.
En muchas ciudades del mundo, especialmente en zonas históricas o de alta presión turística, existen políticas que limitan incrementos desmedidos, regulan el uso de suelo, promueven vivienda accesible y protegen el comercio de barrio. No se trata de controlar precios de forma arbitraria, sino de ordenar el crecimiento.
En Puerto Vallarta, gran parte de la infraestructura, los servicios públicos y la operación cotidiana se sostiene gracias a una fuerza laboral que ya no puede vivir cerca de su empleo. Esa contradicción no es sostenible en el tiempo. Una ciudad sin habitantes locales es una escenografía; una ciudad sin consumo interno es una economía frágil.
Cuando el local vacío también pierde valor
Existe una idea que vale la pena cuestionar: que mantener un inmueble vacío no tiene costo. Lo tiene. Pierde dinamismo urbano, deteriora la imagen de la zona, reduce el flujo peatonal y debilita la economía local. A largo plazo, incluso el valor del propio inmueble se ve afectado.
Una renta justa, estable y sostenible genera más valor que una renta alta e inalcanzable. Genera comunidad, continuidad y seguridad. Genera calles vivas, no fachadas cerradas.
Llamado al diálogo: antes de que el costo sea mayor
Este no es un llamado a la confrontación, sino al diálogo responsable. Propietarios, empresarios, academia y autoridades deben sentarse a la mesa con datos, no con prejuicios. Con diagnósticos serios, no con percepciones aisladas. Con visión de largo plazo, no con ganancias inmediatas.
La investigación que hoy impulsa la academia en Puerto Vallarta es un primer paso en la dirección correcta. Nos permitirá entender con mayor claridad el impacto real de esta inflación artificial y construir propuestas viables.
Porque una ciudad que expulsa a su gente, que vacía sus calles y que rompe el equilibrio entre trabajo, vivienda y consumo, termina por perder aquello que la hizo valiosa.
El momento de hablar es ahora. Antes de que el silencio de los locales cerrados se convierta en la nueva normalidad.
LAE Francisco Gabriel Vizcaíno
Hotelero, consultor empresarial, emprendedor en Puerto Vallarta y Bahía de Banderas
Actualmente, PRESIDENTE del centro empresarial Coparmex Puerto Vallarta
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